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Los muelles de Bilbao


Los muelles de Bilbao, marginalidad y banco de pruebas de una nueva sociedad (1876-1910)

Olga Macías, Universidad del País Vasco

Hablar de los muelles de Bilbao en la transición del siglo XIX al siglo XX, es hablar de un espacio en el que marginalidad y nuevos elementos de cohesión social se dieron cita. Los puertos eran el punto de entrada y de salida de personas y mercancías y conferían un matiz especial a las ciudades en las que estaban enclavados. Bilbao, puerto de importancia en el Cantábrico desde tiempos inmemoriales, contaba con una amplia zona de muelles, que desdeOlaveaga llegaban hasta el Arenal. Esta villa no puede concebirse sin este tráfico marítimo, puesto que tradicionalmente el comercio bilbaíno se venía nutriendo a través de los muelles de aquellos productos necesarios para su buen desenvolvimiento. De este modo, los muelles de Bilbao eran un pulular de buques, gabarras y trabajadores al que se unía el trasiego de géneros que actuaban como reclamo para los amantes de lo ajeno. Para pillos y raterillos, la zona portuaria era algo más que un espacio de correrías, se trataba de un lugar de aprendizaje en otras artes de la vida que no se impartían en la instrucción primaria. Al mismo tiempo, los muelles reunían a un nutrido y variado número de trabajadores. El rudo trabajo de carga y descarga de los buques, desarrollado en gran parte por mujeres, quienes también se dedicaban al arrastre de las gabarras, y el surgimiento de nuevas corrientes de concienciación obrera, hicieron posible que los muelles de Bilbao se convirtieran en un crisol en el que surgirían nuevos elementos de configuración social.

En todo momento, las autoridades bilbaínas y provinciales llevaron cabo una política de dotar al puerto de Bilbao de las infraestructuras necesarias para su buen funcionamiento. Se fueron mejorando los muelles a lo largo de la Ría y se les equipaba de un rápido acceso con carreteras, tranvías y ferrocarriles. Las vías terrestres se compaginaban con el transporte marítimo proporcionándole la continuidad necesaria para el óptimo desenvolvimiento de las actividades económicas de Bilbao y, por ende, de Vizcaya. Aún así, las quejas por el mal estado de los muelles era una constante en aquellos rotativos que expresaban la voz del comercio de Bilbao. De este modo, en enero de 1881, se lamentaban de que como consecuencia del temporal reinante, las pertinaces lluvias dificultaban el transporte de las mercancías, a lo que había que añadir el mal estado de los muelles en los puntos de descarga. Los muelles, decían, eran un lodazal en el que los géneros se averiaban, por lo que urgía un remedio, como la construcción de un depósito para las mercancías que permitiese también mantener a cubierto las gabarras mientras se realizaba la descarga. Por el momento, nada se hizo al respecto, a pesar de que los muelles eran un terreno en el que confluían los intereses económicos tanto del Ayuntamiento como de la Diputación. En efecto, ambas instituciones debían recaudar los impuestos que les correspondían por el trasiego de mercancías en el puerto y en 1910, después de arduas disputas, se consiguió unificar el punto de recaudación fuera del muelle de los Astilleros, en un intento de agilizar la tributación y no entorpecer la actividad portuaria.
En la prensa se decía que lo que estaba pasando en los muelles con una turba de pilluelos de ambos sexos que merodeaban por ellos era insufrible, puesto que las autoridades no ponían remedio a tal mal, al mismo tiempo que quedaba en entredicho el crédito de probidad y buen gobierno de que gozaba Bilbao. A la par, se manifestaba que en los muelles se educaba para la holgazanería y el crimen a una muchedumbre de niños y niñas que, de seguir así, serían un ejemplo de vergüenza para la familia y la sociedad. Se recordaba que, hasta el comienzo de la última Guerra Carlista, apenas si se necesitaba guardia para las mercancías y los efectos de los buques atracados en los muelles. Sin embargo, esa seguridad había desaparecido y la vigilancia puesta no era suficiente para hacer frente a la pillería, que pululaba a todas horas por los muelles y cuya audacia parecía no tener fin. Sorprendidos en su latrocinio, estos jóvenes malhechores huían de los guardas, esperando una mejor ocasión.De lo que a simple vista podía parecer un lugar asistido por el buen hacer de las instituciones públicas y por los comerciantes bilbaínos, nada quedaba más lejos de la realidad. Una cosa era mantener el escenario de las actividades económicas y fuente de riqueza dentro de un orden que no entorpeciera su buen funcionamiento, y otra cosa era cómo se llegaba a este objetivo. Para comenzar, los muelles eran un territorio de nadie en el que las medidas de seguridad brillaban por su ausencia, más que nada, porque no había habido necesidad de ellas. Las mercancías se agolpaban en espera de ser reexpedidas para otros puntos sin que consignatarios o comerciantes tuvieran que custodiarlas. Sin embargo, en 1879 se lanzó la primera voz de alarma en torno a la habitual tranquilidad de los muelles de Bilbao.

Las fechorías de estos pilluelos no se reducían solamente a los muelles, sino que los hortelanos y labradores de las cercanías de Bilbao se quejaban de que bandadas de ladronzuelos haraposos, desvergonzados y audaces salían a todas las horas de la villa con el decidido ánimo de apoderarse de lo ajeno. La solución al problema pasaba por hacer obligatoria la primera enseñanza y valerse de todos los medios que permitía la ley para obligar a asistir a las escuelas a todos los niños del distrito municipal. Se suponía que con la ocupación y la enseñanza literaria y moral, la rapiña y la holganza dejarían de ser la única ocupación de tantos niños que deambulaban por los muelles, calles y suburbios de Bilbao, cuyos padres cometían, cuanto menos, el crimen de no avergonzarse de ellos.

A pesar de las continuas quejas de la prensa bilbaína, portavoz de los intereses comerciales de la villa, las raterías continuaban en los muelles y raro era el día que no tuviese lugar robo alguno. Como ejemplo, lo que podía dar de sí un día para estos pilluelos en los muelles del Arenal. El 23 de febrero de 1885 desapareció de dichos muelles un lingote de estaño, a lo que se añadió una nube de chiquillos que dejaron de ir a la escuela por estar entretenidos en irse apoderando descaradamente de casi toda una partida de cocos que había llegado para una fábrica de jabón. Pero no acababan aquí estos desmanes y, al día siguiente, dos mozalbetes sustrajeron cuatro pares de alpargatas de un fardo que tuvieron que rajar con una navaja. De los autores de estos robos tan sólo uno de los que robaron las alpargatas cayó en poder de la autoridad.

A lo que no se daba tanta publicidad, al menos en lo que en aquel entonces se denominaba como prensa burguesa, era a otro tipo de actividades no lícitas que tenían lugar en las calles próximas a los muelles de Bilbao y, en particular, en torno al de Uribitarte. Los rotativos de ideología obrera lanzaban alguna que otra puya sobre el tema, pero siempre dentro de una parquedad que induce a pensar en aquello de que a buen entendedor con pocas palabras basta. Se hablaba de actos inmorales y de lugares que en teoría transitaban pocos burgueses, aún así, se corría un tupido velo sobre el tema.

Si la vertiente social de los muelles como escuela de perdición de las nuevas generaciones de bilbaínos se bandeaba entre la marginalidad, las quejas de los comerciantes y el dejar hacer de las autoridades, en el plano laboral se entraba de lleno en el dejar pasar de todos los implicados en el asunto, desde las casas consignatarias, pasando por los comerciantes e, incluso, hasta de los propios obreros. La actividad de carga de y descarga de los buques se realizaba en buena medida por mujeres, especialmente en los muelles de Olaveaga y, más en particular, en la descarga de carbón. La elección del trabajo femenino obedecía a que era más barato y más dócil. En este tipo de actividades las desgracias eran continuas, ya que las cargueras se veían obligadas a utilizar una simple tabla para el paso de tierra al buque, con el peligro que entrañaba de caídas con graves consecuencias. Los rotativos bilbaínos subrayaban que de este modo, infinidad de mujeres ponían en peligro sus vidas a diario por un mísero jornal con el que atender al sustento de sus familias. En un halo de humanidad, se hablaba de reformar las planchas que se usaban para el paso en las cargas y descargas de buques, pero aún así, estas súplicas parecían no llegar a los que podían remediar esta situación.

Para las cargas más pesadas y actividades que exigían un mayor esfuerzo físico, se empleaba mano de obra masculina y sus condiciones de trabajo no eran mejores que las de las mujeres. En condiciones laborales extremas, la primera huelga que surgió en los muelles de Bilbao tuvo lugar en 1894 como reacción a la orden de un capataz de la casa Arana e Hijos que quería hacer acarrear a los trabajadores tablones de un peso desproporcionado para las fuerzas de cualquier hombre. Ante los problemas planteados para la contratación, cuantía de los jornales y siniestralidad en el trabajo, los cargadores decidieron organizarse y crearon en 1895 la Sociedad de Obreros Cargadores del Muelle de Bilbao. Esta sociedad dirigió circulares a todas las casas consignatarias de buques ofreciendo sus servicios y algunas de ellas, aunque no la mayoría, aceptaron esta propuesta desde un primer momento. No se libró esta asociación, que sólo admitía hombres entres sus afiliados, de las críticas de la prensa obrera, en particular, por lo que se consideraba una actitud condescendiente ante los abusos que algunos capataces y contratistas cometían con las mujeres y hombres de cierta edad.
Pero, ¿qué pasaba con las actividades de las mujeres en los muelles? A pesar del peso específico que tenían en la carga y descarga de las embarcaciones, la pertenencia de las mujeres a las organizaciones sindicales no fue tan generalizada como la de sus compañeros masculinos. Aún así, no faltaron diversas iniciativas de sindicación que culminaron con la creación en 1903 de la Sociedad de Trabajadoras del Muelle. Tampoco se libraron las asociadas de este sindicato del boicot de otras compañeras suyas, vinculadas con los grupos de cargueras que tradicionalmente habían controlado los trabajos femeninos en los muelles de Bilbao. No dejó de ser curioso, en cierto modo, la adhesión de la Junta local de Reformas Sociales de Bilbao en 1905 al escrito de su homónima santanderina en el que se pretendía sacar a las mujeres de los trabajos de los muelles en todo el litoral Cantábrico. Se insistía en lo pernicioso que era para éstas este tipo de actividades laborales, no ya solo desde el aspecto económico, sino sobre todo desde el moral e higiénico, por lo que se instaba a la inmediata supresión del trabajo de las mujeres en los puertos cantábricos. Estas labores pasarían a ser realizadas por los hombres, muchos de ellos sin trabajo alguno como consecuencia de la competencia laboral de la mujer que aceptaba salarios más bajos y en peores condiciones. Ni que decir tiene que estas propuestas cayeron, por el momento, en saco roto y que las mujeres siguieron siendo un pilar importante de los trabajos realizados en los muelles de Bilbao.Como contrapartida a la sindicación de los cargadores del muelle, los consignatarios crearon en 1900 su propia sociedad, llamada Trabajos del muelle. Su objetivo no era otro que el de asegurarse en todo momento la mano de obra necesaria para la carga y descarga de los buques. La comisión gestora de esta sociedad, formada por los representantes de las principales casas consignatarias de Bilbao, recibió desde los primeros días de su constitución infinidad de solicitudes de obreros para formar parte de las cuadrillas que se organizaban para los trabajos, signo inequívoco de la inestabilidad de contratación laboral que se vivía en los muelles.

A pesar de las campañas de la prensa bilbaína por suavizar la imagen que ofrecían los muelles, y habida cuenta la importancia que estaba adquiriendo la capital de Vizcaya, constantemente visitada por extranjeros que se escandalizaban por los espectáculos que observaban, la vida en la zona portuaria siguió desenvolviéndose dentro de su cotidianidad. Pilluelos y cargueras fueron durante mucho tiempo sinónimo de Bilbao y de su puerto.

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