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Bilbao, más allá del Guggenheim


Bilbao, más allá del Guggenheim

Cultura

‘Soñar’, el gran grafiti de SpY en un muro medianero del barrio de Olabeaga, visto desde el otro lado de la Ría de Nervión. FOTOGRAFÍAS: ARABAPRESS

La Semana Grande es, además de una invitación a la fiesta, una manera de descubrir la transformación de la antigua capital industrial en una ciudad creativa y abierta al mundo

ESPECIAL: 20 aniversario del Guggenheim

Cinco letras negras gigantes sobre el lateral blanco de una casa en el barrio bilbaíno de Olabeaga, junto a la Ría, constituyen toda una declaración de intenciones: SOÑAR. Así en mayúsculas, como lo plasmó el artista urbano SpY. Un grito simbólico para creer en que los sueños a veces se cumplen.

Bilbao soñó que podía cambiar y se lo creyó. Soñó que donde había astilleros se levantarían museos, que los pabellones industriales se transformarían en teatros, que los almacenes de vino serían centros culturales… Y lo consiguió. Bueno, casi lo ha conseguido, porque no sería justo dar por finalizado un proceso que nació con vocación de continuidad. La ciudad está en constante mutación para llegar a lo que parecía imposible: el humo de las fábricas transformado en cultura.

«En Bilbao se puede vivir de la cultura». Dicho así podría parecer una bilbainada -exageración que protagoniza alguien de Bilbao- pero quien afirma esto sabe bien de lo que habla, porque vive de ello. Lander Otaola, joven actor conocido por el gran público como el borroka de la taquillera 8 apellidos vascos o como el hermano de la protagonista de Fugitiva, serie que acaba de emitirse en La 1 de TVE, pero ampliamente curtido en el teatro vasco y sobre todo bilbaíno, insiste: «Bilbao es de las pocas ciudades en las que puedes vivir de actividades culturales». Y tal y como está hoy en día la cuestión cultural, no puede haber una forma mejor de presentar una ciudad.

«Hay gran oferta, a la que el público responde, hay inversiones en este ámbito y la ciudad cuida a sus artistas», dice Otaola. Y cada transformación de un barrio, cada reinvención de una zona, va de la mano de una actividad que tenga el sello cultural en el sentido más amplio de la acepción.

«Bilbao es consciente de que la transformación de la ciudad tiene que ir de la mano de la cultura y está trabajando en ello desde hace décadas», señala también Sergio García Bayón, director de SC Gallery, galería de arte que lleva 10 años ubicada en Bilbao La Vieja, y artífice de muchos de los murales que han convertido edificios de la capital vizcaína en soportes de arte urbano, entre ellos el citado SOÑAR. En Bilbao, la cultura está en la calle.

La mejor muestra de la transformación de esta ciudad de la mano de la cultura, la más visible y, sin duda, el elemento dinamizador de todo el cambio de esta capital de poco más de 350.000 habitantes, es el Guggenheim Bilbao, edificado por Frank Gehry a orillas de la ría, en una curva en la que antes de que se levantara el impresionante edificio de titanio había un muelle de uso portuario e industrial y las grúas ocupaban el lugar que hoy llena Puppy, el perro de flores de Jeff Koonsque se erige orgulloso en la explanada del museo y que fotografían a diario miles de turistas -algo del todo impensable en la capital vizcaína industrial de hace unos años-.

Pero Bilbao, elegida Mejor Ciudad Europea 2018, escenario de anuncios, películas y eventos internacionales, como las recientes finales de la Challenge y la Champions de rugby o los premios a los 50 mejores restaurantes del mundo, por citar algunos (y, en el horizonte, escenario de los galardones musicales que otorga la MTV que se celebrarán en noviembre en el Bilbao Exhibition Centre), es mucho más que el Guggenheim. Aunque es innegable que la modernidad de las paredes de titanio del museo de curvaturas imposibles ha sido el elemento dinamizador de una de las transformaciones más espectaculares en la historia del urbanismo.

Antes eminentemente industrial, gris y más bien sucia, Bilbao se ha tornado en gran parte gracias al efecto Guggenheim, en poco más de 20 años -desde que se inauguró el museo- en una ciudad referente desde el punto de vista urbanístico, arquitectónico y cultural, que sorprende a los visitantes, incluso a aquellos que no conocen sus orígenes industriales.

Ahora, cada zona de la ciudad se reinventa y con la ría como hilo conductor de toda su actividad muestra sus mil y una caras más allá del museo de Gehry, del Bellas Artes o del Palacio Euskalduna, visitas indispensables de todo el que llega a Bilbao.

Lander Otaola ensaya estos días la obra Yo soy Pichichi, en la que se recuerda la trayectoria del histórico futbolista del Athletic Rafael Moreno Aranzadi, Pichichi, sobrino de Unamuno y Telesforo Aranzadi, en forma de cabaret. Un tema por cierto, muy bilbaíno.

La compañía que dirige Patxo Telleria la estrenará en agosto en el escenario de Pabellón 6. Un teatro que constituye todo un símbolo de que la regeneración de cada punto de Bilbao parece unirse irremediablemente a una actividad cultural, bien sea teatro danza o pintura, desde el que Guggenheim tomó vida a orillas de la ría.

Ubicado en la península de Zorrozaure, una antigua zona industrial, no muy lejos del Guggenheim, y en la que se levantará el próximo gran proyecto urbanístico de la ciudad, Pabellón 6, capitaneado por Ramón Barea entre otros creadores, es eso, un pabellón industrial en el que se asienta un teatro. Sin más ambiciones arquitectónicas que situar unas butacas frente a un escenario.

Se concibió como un laboratorio de artes escénicas, danza y teatro en 2011 y ahora es referencia obligada en la escena bilbaína, metido ya en el programa teatral de la ciudad al nivel de otras ubicaciones escénicas como el Arriaga, el Euskalduna o el Campos Elíseos, y muy activo en la producción de montajes propios, que ya dan el salto a otros teatros. No puede competir en aforo, es pequeño, pero su encanto está en devolver al teatro su esencia, aumentar el contacto y la cercanía con el espectador.

No es el único foco artístico que florece en esta zona de Bilbao entre las antiguas fábricas de Vicinay Cadenas, y la de galletas Artiach, convertida ahora en un nido de industrias culturales agrupadas en el proyecto ZAWP, (Zorrotzaurre Art Work in Progress) que ha puesto en marcha por la Asociación Cultural Haceria Arteak, ubicada en lo que era una antigua serrería. Este proyecto nació en 2008 para afrontar el largo proceso hasta que llegara la revitalización definitiva de este barrio que cambiará su cara de forma radical cuando se convierta en isla y se levante el proyecto urbanístico ideado por la arquitecta ya fallecida Zaha Hadid. Hoy es un movimiento cultural consolidado capitaneado por Manu Gómez en el que se sustituyen los antiguos ruidos industriales por el teatro, la danza o la música de jazz, y se asientan diferentes industrias culturales. Una auténtica isla creativa que quiere mantenerse en el tiempo. «Un proyecto así tenía que estar en la ribera, a la orilla de la Ría», dice Gómez.

La Ría es el verdadero hilo conductor de la ciudad que mezcla a la perfección pasado y futuro, vanguardia y tradición. A sus aguas -antes marrones por la actividad industrial, y ahora recuperadas para la ciudad y para diferentes actividades de ocio, navegables con piraguas o tablas de paddle surf-, se asoman los nuevos edificios más emblemáticos como el Guggenheim de Gehry, la imponente Torre Iberdrola de César Pelli con sus 165 metros de cristal, el Palacio Euskalduna de Exposiciones y Congresos… Todos ellos, edificios que han transformado antiguas zonas industriales, astilleros o de uso del puerto -como también lo hizo el edificio de la Alhóndiga, el antiguo almacén de vino ubicado en el centro de Bilbao que el diseñador Philippe Starck convirtió en el innovador centro cultural Azkuna Zentroa-.

Y el curso de esa misma Ría permite adentrarse hasta el otro Bilbao del Casco Viejo, hasta el Mercado de la Ribera, el mercado cubierto más grande de Europa que se levanta monumental a su orilla. Justo enfrente, el Muelle de Marzana y Bilbao la Vieja son otra demostración de regeneración de un barrio con la cultura de fondo.

Bilbao La Vieja, en proceso de regeneración y amalgama de culturas, es ahora un lugar preferente para pintores y escultores para colocar sus estudios, atraídos en principio por los bajos precios de los alquileres, pero que poco a poco han ido ganando peso en el barrio junto a varias galerías de arte.

SC Gallery sabe mucho de la transformación de esta zona. Ubicada desde hace 10 años en Bilbao La Vieja, en la calle Las Cortes, conocida desde tiempos ancestrales -y ahora también- por ser una zona de prostitución de la capital vizcaína, ha sido un colaborador necesario del Ayuntamiento en otro cambio de cara de este barrio viejo de Bilbao, con murales de artistas urbanos que han cambiado el aspecto de las casas convirtiendo las calles en museo al aire libre. Una ruta por estas calles del barrio de Bilbao la Vieja permite disfrutar de murales de destacados artistas del arte del grafiti como el parisino Eltono, el alicantino Jeremías Pau Toledo o la barcelonesa afincada en Bilbao Ruth Juan.

«SC Gallery propuso en 2016 al Ayuntamiento de Bilbao generar un catálogo de arte público mural, donde poder recoger la gran parte de estos murales. La idea es dignificar estos trabajos realizados en el espacio público», señala su director, Sergio García Bayón, que destaca la importancia que tiene que la sociedad tome conciencia de que «el arte y la cultura es necesario para avanzar en su desarrollo».

«La oferta cultural de Bilbao es amplia y variada», dice García Bayón, que echa de menos, no obstante, «más proyectos alternativos y autónomos».

Y ¿cuál es el efecto del Guggenheim en esta actividad? «Siempre ha habido un movimiento artístico interesante, antes y después del Guggenheim», dice Ignacio Goitia, uno de los pintores que han elegido esta zona de Bilbao para instalarse. Desde su estudio en el Muelle de Marzana con vistas a la Ría y a la iglesia de Atxuri pinta sus paisajes imposibles en formato gigante que expone en Miami, en México… Ahora completa un encargo de un particular que se colocará en un castillo del Loira. Goitia ha vivido de lleno la transformación de este punto de la ciudad en un foco de arte, más allá de la intensa oferta de bares y restaurantes de estética hipster que abundan ahora en la zona.

Cree que el tirón del efecto Guggenheim debería notarse sobre los artistas vascos para promocionarse en el exterior por parte de las instituciones desde las instituciones. «Deberíamos ser como los cocineros», dice, a los que «se les utiliza como embajadores en el exterior». Actualmente, Goitia prepara una «plataforma de artistas vascos» para organizar «visitas guiadas a los estudios» como una forma de que el turismo interesado en ello pueda conocer su trabajo de primera mano.

No nacemos, despertamos, dice el lema de la cervecera La Salve, la cerveza de Bilbao. La frase, que aduce al periplo histórico de esta empresa bilbaína, que nació en 1886 a orillas de la ría, muy cerca de donde se ubica ahora el Guggenheim, y que después de estar cerrada desde 1978 se ha reabierto hace un año con una moderna fábrica en el barrio de Bolueta, a las afueras de la capital, podría resumir la esencia de esta ciudad que despierta a una actividad cultural y social sin olvidar su origen.

«Bilbao une tradición con modernidad y eso se aplica a cada una de las cosas que se hace en la ciudad», dicen Jon Ruiz y Eduardo Saiz, promotores de la fábrica de cervezas La Salve, que también puede conocer a través de visitas guiadas como un atractivo más de la ciudad. «Mirar al futuro con respeto a nuestro pasado. Mantener nuestro ADN y saber proyectarlo al futuro es lo que ha provocado esta catarsis en toda la ciudad». Porque esto se aplica, dicen, a todo, desde los edificios a la gastronomía.

Y hasta tomarse una cerveza en el bar que gestionan ambos socios en la quinta planta del Teatro Campos Elíseos tiene relación con la cultura. En Bilbao, una cerveza o un txakoli también es arte.

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